¿Cuántos terremotos y derrumbes necesitamos para aprender?

Esta semana nos hemos unido en la alegría de saber que los 33 mineros están sanos y bien.

Quizás si la mejor imagen de este Bicentenario sean las banderas chilenas flameando arriba de un cerro del desierto, los abrazos sin corazas, las posturas divergentes tiradas al tacho de la basura frente a la alegría humana, de haber hecho el mejor esfuerzo en bien de otros. Ese abrazo donde nos unimos más allá de los prejuicios sintetiza nuestras aspiraciones, más que cualquier monumento, esos abrazos sanan nuestra historia pasada; sentirnos unidos por un propósito común, sin distancias por la postura política, nivel socioeconómico, religión, creencias, apariencia.

Esa es la enseñanza fundamental de los grandes Seres espirituales: ver a todo ser como un hermano, en una actitud incluyente y no excluyente hacia los demás, por distintos y distantes que nos parezcan.

¿No será esa la actitud básica para superar nuestras contradicciones como país y planeta?

¿Será demasiado utópico imaginar un mundo donde las acciones en pos del bien mayor sean apoyadas a diestra y siniestra y simplemente todos nos pongamos en acción y colaboración por un mundo mejor?

Qué gran Maestra ha sido ha sido la vida en este año 2010, en medio de la inconciencia del consumismo, de las máscaras y la fachada vino el terremoto que nos puso de frente a la desolación y la muerte y por algún tiempo removió nuestras búsquedas, nuestro sentido, nos unió en las lágrimas y en la solidaridad.

Cuántos terremotos y derrumbes necesitamos para conectarnos con esa realidad que tocamos en los momentos de mayor vulnerabilidad: que más allá de las diferencias, distancias, prejuicios somos uno, que lo
que nos separa son disfraces exteriores, apariencias, no esencia. Que probablemente anhelemos cosas semejantes: necesidades básicas satisfechas, amar y ser amados, motivación y entusiasmo para vivir movidos por un sentido de dar, colaborar, participar, expresar nuestra potencialidad creativa.

Cuántos terremotos y derrumbes para desenmascarar las falsas premisas de que la felicidad tiene que ver con el consumo, o el status, o las posesiones, o las circunstancias exteriores y dejar de correr y correr tras situaciones que nunca se alcanzan y sólo generan avidez y ansiedad.

Cuántos terremotos y derrumbes para soltar la identificación con ideologías, creencias y entender que venimos a aprender la lección del amor incondicional más allá de los prejuicios y esquemas mentales que nos hacen sentirnos superiores, o inferiores, mejores o peores que los demás.

No somos aún capaces de sostener un estado de humanidad cotidiana, de solidaridad, de convivencia en la buena voluntad, de colaboración y entrega, de dar lo mejor de nosotros en cada momento, de tratar a los demás como queremos ser tratados.

¿Cuántos terremotos y derrumbes necesitamos aún para aprender?

Estoy muy de acuerdo con el artículo. Me he hecho esta pregunta y ojalá nosotros pudiesemos cambiar para bien, ojalá nos remeciera espiritualmente y que nos sirviera para evolucionar.Darnos cuenta de la fragilidad de nosotros como seres humanos y de también sacarnos de lo banal y superficial que se ha transformado este mundo.

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